No es mi culpa, es inevitable. Escuchar las voces de la otra mesa me saca de mi propia conversación, pero ahora que estoy empezando a entender la historia no puedo alejarme.
−Él es el hijueputa− digo sin darme cuenta.
− ¿Cierto que sí? − Dice Susana mirándome fijamente−Por eso renuncié.
− ¿Que qué? −devuelvo toda mi atención a mi acompañante, pensé que estábamos hablando de qué haríamos en las vacaciones.
− ¿No me estabas poniendo atención, cierto? − dice ella con una pequeña sonrisa− ¿Qué mesa estabas escuchando?
−Me conoces demasiado bien− suspiro− A mi derecha, tres personas. Vanessa acaba de terminar con el novio.
− ¿Cuál es Vanessa?
−La del vestido naranja.
−A mí me parece rojo.
Al llegar la comida, mis oídos vuelven a la conversación. Me gustaría decirle a Vanessa que con esos amigos tan buenos no necesita nada más en la vida. Empiezo a trinchar sin siquiera ver el plato, ya estoy demasiado metida en la conversación, me siento demasiado identificada.
−Continúa− dice Susana cuando termina de echarle todas las vinagretas posibles a su ensalada.
−Espera que todo se puso intenso− digo tratando de agudizar el oído− Maris le dijo que está muy orgullosa por lo tranquila que se encuentra, pero que debería hablar mal, ya que eso siempre ayuda a desahogarse. Aunque Vanessa se niega.
−Bueno, ¿y por qué es hijueputa? − algunas veces se me olvida explicar toda la historia−Cuéntame todo el chisme.
−Lamento decepcionarte, pero no hay mucho chisme, solo la dejó porque ya no la quería− hago una pausa para disfrutar el salmón. Me distraigo muy fácil y ya me he comido un cuarto del plato− Que ya no sentía lo mismo.
Susana casi se ahoga con la ensalada.
−No.
−Sí, y eso no es lo peor de todo, tenían planes futuros.
−Creo que no deberías estar escuchando esto− dice Susana con mirada acusadora− Se supone que tú eres mi psicoanalista hoy, no al revés.
−Cierto, cierto− volteo los ojos− recuerdos de Vietnam.
−Estoy segura de que a Vanessa le servirían mucho tu sabiduría y tus experiencias, pero yo las necesito más.
−A ti no te acaban de dejar porque te conocieron y se dieron cuenta de que no te aman. Además, de que probablemente te engañaron, y te ilusionaste creando en tu cabeza un montón de planes; sacándote de tu zona de confort− me quedé sin aire.
Después de escucharme hay un pequeño silencio hasta que me doy cuenta de que Susana va a explotar de la risa, inmediatamente después se mete un pedazo de champiñón en la boca y se tapa con una servilleta. Debo de admitir que se me contagia la risa, solo un poco.
−No sabía que te siguiera doliendo tanto− dice recobrando la compostura.
−Siempre va a doler, el orgullo no sana fácil. Pero he aprendido más cosas.
− ¿Ahora podemos seguir conmigo?
−Claro− extiendo la palabra mientras recuerdo nuestra conversación− Me estabas invitando a pasar las vacaciones contigo, logré escuchar que vas a vivir en África.
−Te quedaste muy atrás.
− ¿Por qué África?
−Temas legales− dice con simpleza, tratando de ocultar la seriedad− Estoy usando el tónico que me diste.
Se me cae el tenedor en el plato. Nadie se da cuenta por lo ruidoso del restaurante. Esto es grave. Muy muy pero muy grave. ¿Cómo me dice eso de la nada?
− ¿Estás bien?, ¿por qué?, ¿desde cuándo? − susurro de manera rápida.
− Tranquila, tomé la decisión hace unos meses−dice ella tratando de aligerar el momento, tal vez para que no me sienta culpable.
−Estoy en shock. Necesito pensar− me siento hecha de gelatina− Cuando fabriqué el tónico lo hice para que fuera tu último recurso, la última medida.
Susana me mira con atención, puedo descifrar esa mirada en cualquier parte. Quiere calmarme y decirme que todo estará bien, una mirada llena de tranquilidad que quiere transmitirme. Quizás sí me esté calmando.
−Estamos en las últimas medidas− me dice con énfasis mientras me toma de la mano− Ya no aguanto los abusos de mi esposo. Necesito matarlo, la supuesta justicia del país no es suficiente. Prefiero estar mil veces en la posición de Vanessa que en la de una asesina, pero por favor no me tomes por mala persona.
–Jamás pensaré eso de ti. Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas– en este momento no quiero pensar en el problema moral que supone, ya no hay vuelta atrás. El salmón ya no parece tan apetitoso– Además ese sí que es un hijueputa.
−Ya está empezando a hacer efecto. Conté los días y nos dará justo para irnos a África. Si quieres te quedas conmigo, estoy segura de que allá encontrarás trabajo en un laboratorio − dijo Susana con tono optimista.
Mi cerebro trabaja más rápido que mis palabras al recordar el proceso que utilicé en el tónico y si pude haber cometido un error; lo descarto casi de inmediato, no le hubiera entregado algo con errores en principio. De todas formas, pregunto en voz baja.
–Pero ¿estás bien? Cuando lo hice tuve mucho cuidado de no romper la armonía del pH de tu piel con el ácido del veneno, aunque nunca pensé que lo llegaras a usar.
–¿Y África? – Al parecer es la esperanza de Susana.
– Lo pensaré.
–Hiciste un trabajo increíble, no me siento mal. Él ya empezó a tener fiebre, solo necesito tener otros dos días más de abuso para terminar con la dosis del veneno– dice Susana y en su rostro leo el alivio de quitarse un peso de encima – Gracias por ser mi justiciera.
−Agradece que no estudie psicología.
Isabel Londoño
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